Aniversario: El NCO: 1992- 7 de setiembre-2017

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Aniversario

Aniversario. Napoleón decía que a cuatro diarios hostiles se les tenía que tener más miedo que a mil bayonetas. Uno podría agregar que más aún si estos diarios son persistentes y longevos. Porque crear un diario o una revista no es tan complicado, lo complicado es preservarlo con el tiempo.

Por Fabián Banga, Berkeley, CA

Y si hay algo que particularmente se le puede atribuir al NCO es su persistencia. Históricamente, no me sorprendería que el NCO sea uno de los diarios con mayor duración en la región e indudablemente si estamos hablando de la era digital. Su portal original ncodiario.com se remonta al 2000 y los que vivimos los orígenes del internet gráfico, ya desde los 90s y desde afuera del país, sabemos que el NCO fue el primer diario que se sostuvo desde aquellos años.

Con montones de grietas, con cambios, cayéndose montones de veces, reinventándose. Pero siempre levantándose como un uke de aikido. Hubo proyectos admirables como El Rescate, en el 2002 y su Conurbano/Poesía en el 2004 donde se leían escritores como Omar Cao, Pedro Chappa, Patricia Verón, Enrique Figueroa y Carlos Kuraiem.

Nosotros ya los leíamos desde California en esos tiempos. Porque era el único espacio en donde se podía leer noticias y textos de escritores locales en el internet. Por lo menos que nosotros supiéramos. El número de páginas de La Matanza en el internet era mínimo y tener un periódico compartiendo noticias era de un valor enorme. Sobre todo, cuando entendemos que las primeras páginas de diarios como Clarín eran de 1997.

Casi no había internet en las casas en Berkeley en aquellos tiempos y los pocos que teníamos conexiones recibimos a una velocidad de aproximadamente 20k/s. Eran conexiones no gráficas y muy lentas. Ir a leer el diario en aquellos tiempos era ir a un laboratorio de la universidad, y leer el diario ahí o imprimirlo. Recibíamos una versión internacional del Clarín y La Nación que nos llegaba por correo una semana tarde. Que el NCO ofreciera una versión completa del diario en el 2000 era de una vanguardia indiscutible.

Oscar era y es ese motorcito fundamental en el diario y nosotros que seguíamos al NCO, de alguna forma lo seguíamos a él. Porque no es necesario aclarar que el NCO era y es Oscar Pettinato. Sin Oscar no habría NCO y yo que siempre me sentí su amigo, desde el día que nos conocimos. Aprendí a querer al NCO no solamente porque es parte del cachito del mundo de dónde vengo, sino también porque el diario es él. Yo en lo personal siento mucha alegría de haber pasado por este diario que en algún momento escribió Pedro Chappa, Omar Cao y Gino Bencivenga. Gente que yo conozco y aprecio.

Diario que aún hoy en día leo para enterarme de lo que pasa en La Matanza en un internet que tiene componentes que eran inimaginables en el 2000 y ni que hablar en 1990. Lo que sorprende es la tenacidad de este proyecto que supera ampliamente a diarios más grandes y mejor financiados. El diario se dio más de un palo, y como en el Kintsugi, se reparó y auto reconstruyó. Es importante este detalle. En la filosofía del Kintsugi o Kintsukuroi los jarrones rotos se reparan con un material de oro para resaltar la rajadura, para exponerla con orgullo. Se propone que las personas también exponen sus cicatrices para mostrar que han sobrevivido adversidades. Yo cada cambio, cada renacer del NCO lo veo como esas marcas de oro, esos trofeos.

En una oportunidad alguien me preguntó sobre mi motivación de escribir en el NCO. Yo sabía que en realidad su pregunta no era para saber sobre cuáles eran las razones que me motivaban a escribir sino el por qué no lo hacía en otro tipo de medio, y daba como ejemplo otro diario bien del palo para con el cual esta persona tenía conexiones. Nuestra Matanza es un gran barrio de dos millones de personas. Yo le respondí que escribía en el NCO porque el NCO me dejaba escribir en sus páginas.

Que no era una cuestión de mi escritura, sino que el espacio me lo permitía. Sigo pensando esto hoy en día. Pensando en el NCO como parte del barrio, de un imaginario muy local, de esa estética subjetiva y rica que nos lleva a hacer esto y no aquello. Pero, sobre todo, hacerlo en un marco territorial al que pertenecemos. Como si estuviera hablando de la cocina y las sartenes de la casa de mi madre. Esas sartenes proyectan una historia, una pertenencia. No es un tema de nostalgia como me decía alguien que yo quiero y admiro mucho, sino de territorio.

Esos lugares tienen las rajaduras doradas del Kintsugi. En lo personal, el NCO me habla de eso y tengo la suerte de haberlo vivido desde distancias tan grandes y cariños tan cercanos.

 

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